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Opinión

Kilos y más kilos

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El 6 de enero, por la noche, muchos españoles suelen lanzar un suspiro de alegría pensando que las navidades han tocado a su fin, y que lo único que queda es comernos el último trocito de roscón, guardar el árbol, si es artificial, las figuritas del belén y los adornos navideños y meterlos en el fondo de un armario hasta el próximo diciembre. Y realizado este trabajo, cuando pensamos que ya estamos entrando en la normalidad, nos encontramos frente a frente con el maligno artilugio que solemos tener en el cuarto de baño: la báscula.

Con cuidado, despacito, nos solemos subir a ella con los ojos cerrados, mala costumbre, pues solo nos falta darnos un tortazo, si no acertamos con los pies, y, ¡zas! Miramos hacia abajo y… ¡horror! Pensábamos que iban a ser menos, pues nos hemos privado con dolor de ese último polvorón, de ese trocito de turrón o de mazapán, del trocito del cordero o… lo que tuviéramos de comidas y cenas esos días, pero no, no ha ocurrido el milagro. Como todos los años, hemos engordado esos kilitos de más, que, ya, pensamos, nos seguirán sobrando este verano, nada más y nada menos que cuando tengamos que enseñar nuestras carnes en la correspondiente playa o piscina.

Lo inmediato es cumplir nuestra promesa, esa que hacemos todos los años al comernos las uvas, de apuntarnos al gimnasio y machacarnos hasta recobrar nuestra espléndida figura cuanto antes. Claro que, enseguida, se nos vienen a la cabeza los inconvenientes, especialmente el primero y más importante. Para rebajar hay que sudar, y eso cuesta un montón. Es mejor hacer esa dieta milagrosa que nos recomendó alguien, si esa de comer mucho de algo y poco de otra cosa, que no sirve para nada, y con mala suerte hacernos enfermar de algo por falta de no sé qué vitamina o por sobra de no sé qué lo que sea.

Y visto lo cual, solo quedan dos soluciones: ir al endocrino, que tras analizar nuestro problema nos mandará una dieta que debemos cumplir a rajatabla o, no hacer nada y cuando llegue el verano comprarnos una talla más de ropa y ensayar posturas para disimular los michelines para que nuestros amigos no se den cuenta de nuestros kilos de más. Claro que a lo mejor a ellos les ocurre lo mismo, con lo que, al comprobar que adoptan nuestras mismas posturas "disimulatorias" nuestra preocupación queda resuelta.

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