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Opinión

El cambio ya llegó a los hospitales

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Mucha gente todavía tiene la imagen estereotipada que le hace percibir los hospitales como esos lugares casi tenebrosos, en los que los enfermos se encuentran en largas salas, poco menos que tirados en camastros, esperando temerosos a que llegue la hora de la visita del médico, que con cara de poquer, no hará el más mínimo comentario, o la que es peor, la de una enfermera sería como un poste, con una enorme jeringuilla terminada en una larga aguja en la mano, que ordena descubrir salva sea la parte, esbozando en ese momento una maligna sonrisa, al tiempo que hace ver al paciente las estrellas con el terrible banderillazo medicinal, o la auxiliar colocándonos esa incomible comida, que apenas se sabe lo que es, y a la que no queda otra que tragársela como sea, más que nada por no añadir el riesgo de morir de inanición.

Con el tiempo, y, sobre todo, últimamente, esa película ya no se proyecta en ningún cine y la han cambiado por otra en la que se ve al personal sonriente, ya sean médicos, enfermeras o auxiliares, y aunque, cuando no queda otra, te tienen que poner una inyección, casi casi te piden perdón por el daño que te van a infligir. En lo de la comida, que ostesiblemente también ha mejorado, aunque muchos se empeñen que no, hay que pensar que los hospitales nos obsequian con un menú acorde a la enfermedad que en esos tiempos nos aqueje, pensando que nunca será como la que comemos en casa, en tiempos sanos, preparada y aderezada a nuestro gusto.

Pero, y quizá sea lo mejor, los hospitales públicos, al menos los de la Comunidad, que son los que normalmente nos afectan, están llevando a cabo una serie de acciones lúdicas, desde dibujos a parques infantiles para los pequeños, en lo que antes eran simples terrazas o salas vacías sin apenas utilidad, a representaciones musicales o teatrales para los mayores, con el único fin de lograr que la estancia en el centro les sea lo más animada posible, con el añadido de que se ha comprobado que en muchos casos ayuda a la mejor recuperación del enfermo.

Y ya sabemos la consabida “como en casa en ningún sitio”. Indudablemente, pero cuando no queda otro remedio, mejor es estar en un lugar en el que traten de amargarte la vida lo menos posible.

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