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El arrojo de los madrileños de hace 210 años se guarda en el Cementerio de La Florida

Goya lo plasmó en 1814 en su cuadro de los fusilamientos

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Seis albañiles, cinco empleados de hacienda, dos comerciantes (de mercería y botillería), y un ayuda de cámara de Carlos IV, un cantero, carpintero, cerrajero, escribano, guarnicionero, jardinero, maestro de coches, palafrenero, platero, un sacerdote y un soldado fueron los veinticinco patriotas reconocidos, de los 43 que fueron asesinados en el entorno de Príncipe Pío en mayo de 1808.
Los restos de esos 43 madrileños se guardan en el Cementerio de La Florida, un monumento histórico, simbólico rinconcito, al otro lado de la Estación del Norte o de Príncipe Pío, justo por encima de la Ermita de San Antonio de La Florida y en la falda de la misma Montaña del Príncipe Pío, donde sucumbieron a las armas de los soldados franceses.
Ese lugar, cuna de la historia de Madrid y, consecuentemente, de España y su independencia, nació en 1798 como cementerio iniciativa de la Casa Real, para sus empleados y familiares. En 1868 fue cedido a la Congregación de la Buena Dicha y Víctimas del Dos de Mayo y en 1917 pasó a la custodia de la Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos, institución sin ánimo de lucro fundada en 1839 que aún hoy mantiene viva la historia en tan cuidado y recoleto lugar, con sus propios medios y voluntades.
Todo empezó en la mañana del 2 de mayo de hace 210 años, cuando un grupo de madrileños inició su desacuerdo y protesta contra la invasión francesa; entonces, el general Joachim Murat -lugarteniente y cuñado de Napoleón-, que ejercía de comandante del ejército y gobernador de Madrid, preparó un ‘ejemplar ajusticiamiento’ de los más populares, reuniendo a 44 personas en una zona de la Montaña del Príncipe Pío, una de las denominadas siete colinas de Madrid.
En la madrugada del 3 de mayo, 43 de esos madrileños fueron arcabuceados y allí mismo quedaron los cadáveres. Hubo uno -un tal Suárez- que consiguió escapar con vida, después de hacerse el muerto un largo rato.
Dado que aquel mayo de 1808 fue muy caluroso, ante el temor de epidemias por la descomposición de los cuerpos, autorizaron su enterramiento y los restos, al fin, pudieron ser inhumados en este cementerio el 12 de mayo. Algunos de los héroes no fueron siquiera reconocidos por sus familiares por temor a represalias y otros sólo figuran en la lápida con un apellido por el mismo miedo.
El indiscriminado acto de derramamiento de sangre ordenado por Murat hizo que Napoleón lo alejara de Madrid, nombrándole rey de Nápoles y siendo sustituido por José Bonaparte.
Una sencilla cruz de hierro sobre columna pétrea, un patio castellano, que casi preside la reproducción en mosaico de cerámica, de Cruz Iruela, del cuadro ‘Los desenterramientos’ (1871), de Vicente Palmaroli (natural del pueblo madrileño de Zarzalejo); y, por supuesto, el lienzo de Francisco de Goya de ‘Los fusilamientos del tres de mayo de 1808’ (1814), también trabajado en azulejos por Juan Manuel Sánchez Ríos; dan acceso a tan significativo lugar en nuestra historia. Espacio que se puede visitar todos los sábados de mayo y junio, de 10 a 13 horas; o previa concertación de visita con la propia Sociedad Filantrópica de Milicianos Nacionales Veteranos.

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